viernes, 30 de mayo de 2014
martes, 27 de mayo de 2014
¿Cómo estáis?
No me enfadaré si esta entrada no tiene las visitas que las demás de este blog. Primero doy las gracias a los genios que son capaces de leer mis textos y apreciar algo bello en ellos, pues no había escrito en mi vida. Continúo contando cómo me he sentido en estas últimas semanas y la previsión para las siguientes.
Los exámenes
Según la RAE un examen es una “prueba que se hace de la idoneidad de una persona para el ejercicio y profesión de una facultad, oficio o ministerio, o para comprobar o demostrar el aprovechamiento en los estudios”. Para mí un examen supone nervios, angustia, inseguridad, además de suponer una tensión enorme.
Una evaluación generalizada de un temario que en cada Universidad se diferencia en contenido y asignación de nombres, ya que cada una también tiene su propio plan de estudios.
Esta época es crucial para los estudiantes. Una mosca podría ser la causante de un destrozo académico espantoso, además de económico hoy en día. A este desasosiego se suma la aparición del gran jefe “El Sol”, y no hablo de aquel periódico madrileño con este mismo nombre que fundó Nicolás María de Urgoiti allá por el 17 y en el que colaboró con ganas José Ortega y Gasset, sino de la estrella con mayor brillo aparente que en estos meses le da por desaparecer a eso de las 21:49 h de la noche. ¿Y este? Más caso debiera hacerle a Las Carlotas con eso de “Con lo bonito que era salir con la luz del día y recogerse temprano…” que ya bastante duro es tener que estudiar en mayo, junio y julio en algunos casos.
El trabajo
Si sumo el trabajo al estrés que estoy pasando últimamente, este tiene signo negativo. Tuve suerte el agosto pasado de encontrar a una persona maravillosa que quiso confiar en mí y ofrecerme lo que tenía. Mi trabajo es precioso. Sustitutivo del chocolate. Hacer reír y enseñar a la vez es algo costoso pero gratificante si se hace bien. Nieve Azul cuentacuentos me está enseñando que la vida tiene muchas formas de ser interpretada y que siempre hay que quedarse con la que pensemos que es la mejor y que a la vez nos haga felices.
Personalmente
La vida es un bosque con sus montañas, sus árboles, sus flores, sus caminos, sus ríos, su fauna y los efectos estacionales que cambian su estado en cuatro ocasiones en un solo año.
La mejor estación es el otoño. La flora comienza a tomar fuerza para florecer, la fauna coge aire fresco y empieza a dejarse ver. Pero no por esto las otras tres estaciones son peores. Todos los años se repiten y los bosques siguen. Es un ciclo, el ciclo de la vida. Si le preguntásemos a un abeto en qué estación le gusta vivir elegiría el invierno, pero ¿y si le preguntamos a una buddleia? Pues preferiría el verano. Estas especies toman su máximo esplendor en estaciones diferentes pero su vida sigue en las otras tres.
La vida es como un bosque. Tenemos objetivos, personas alrededor que nos apoyan y otras que son piedras en el camino. Nuestro estado anímico, que depende de la estación en la que nos encontremos, nos favorece o nos afecta en menor o mayor medida. El polen dificulta pensar y nos hace hacernos preguntas. Unas veces estamos en la cima de la montaña y otras veces vemos la cima desde abajo, pero la vemos, y hay que intentar llegar a ella, porque llegaremos. Hay que luchar por lo que nos importa y por lo que creemos. Hay que luchar para que nuestros árboles florezcan cada año, para darle sentido a lo que tenemos.
Yo me encuentro en una estación rara. Le he puesto nombre. Se llama Extravagantia. Me la imagino con árboles raros de raíces vistas y retorcidas a los que no sé cómo cuidar. También hay flores preciosas que no me atrevo a tocar y seres extraños que me miran pidiéndome paciencia y pasos cortos para no destrozarlo. Es una experiencia rara y dura, pero estoy aprendiendo mucho de ella. Poco a poco, y cada vez que me encuentre en esta estación, sabré cuidar mejor mi bosque.
¿Y tú? ¿En qué estación está tu bosque? A mí mi bosque me gusta tanto que a veces lloro.
miércoles, 23 de abril de 2014
El vampiro que nunca pudo cambiar y el hada que creció hasta el infinito
Había una vez un hada
amable al que todos querían. Siempre daba todo lo que tenía y ayudaba a los
demás sin pedir nada a cambio.
Un día, mientras volaba
entre las flores, encontró a un murciélago herido. El hada sin pensarlo fue a socorrerlo.
Pasaron los días y el murciélago cada vez se sentía mejor, pero jamás dio las gracias.
El hada, aún con los
golpes que la ingratitud le daba, nunca dejó de prestar su mano a quien la
necesitase, pero poco a poco se iba apagando. El murciélago “chupa-sangre” le
robaba ese carisma que lucía tan alegremente, pero de eso solo se daba cuenta su
interior, sus sentimientos y su alma.
Todo acabó cuando el
hada decidió poner fin a esa realidad. Un campo de amapolas le esperaba para
empezar una nueva vida alejada de la negatividad, el inconformismo, la falta de
educación y de cariño que aquel pobre murciélago desprendía.
Con los años, el
murciélago logró acomodarse y ser un murciélago toda su vida. Jamás aprendió a
valorar. Era tan temida su actitud que nadie se atrevía a corregirla por miedo
al desprecio. El hada, sin embargo creció, recuperó su positivismo, recargó su
energía y llenó a todos los que la querían de cariño y buenas sensaciones.
Así es. Que nadie
agote tu energía. Que nadie robe tu positivismo. Que nadie controle tus
sensaciones.
Que la vida es un campo erial y tú decides que sembrar en él.
lunes, 7 de abril de 2014
La bella historia de amor entre Julia y Sir Gallus Domesticus
Las 9:30 de la mañana. Un sol
grande y radiante le despertó. Como cada sábado tras levantarse Julia da los buenos días a Michu, su acompañante de piso. Prepara café con
leche desnatada y tostadas con margarina y mermelada de fresa light, y le sirve
a Michu su latita preferida de trucha y zanahoria. Su inseparable taza sabadeña,
que luce un patito amarillo, le acompañaría en la mesa. Hoy desayunaba en la
terraza. Al terminar le pareció buena idea furmarse un cigarro antes de
recoger. Hoy estaba contenta. Algo iba a cambiar.
¡Oh no! El lavavajillas
está limpio. No importa, luego lo recogerá. De camino a la habitación, en el
pasillo, encontró una pelusa que guardó en el bolsillo de su bata para luego
tirarla a la basura. Con un gran giro de muñeca retiró las sábanas y después
abrió la ventana para ventilar aquel olor a sueños.
Después abrió el
armario. Hoy le apetece algo deportivo. Unas mallas moradas, una camiseta de
tirante cruzado, su sudadera preferida y
las zapatillas nuevas. ¿Y el pelo? Una coleta bien alta que deje ver los
pendientes, y cacao en los labios tras lavarse los dientes. En marcha.
Hoy toca hacer una
buena compra. Los armarios están medio vacíos. Termina de echar un vistazo a la
lista de la compra y apunta un par de cosas más en ella. Vaya. El boli se ha
acabado.
¡Uy! Las bolsas. Ahora
sí. Cierra la puerta con llave y se dirige hacia el ascensor. Monta en su
coche, lo arranca y se pone las gafas de sol.
Mira el aparcamiento.
Hay mucha gente comprando. Coge una moneda de cincuenta céntimos de la cartera
con destino la ranura de un carro. Hoy llenaría más de una cesta. Emprende
su marcha por los pasillos recién fregados por esa máquina que parece una mezcla
entre un cambiador de bebés mecanizado y una barca a pedales y que maneja
alegremente uno de los trabajadores de la empresa como si galopase a lomos de Jolly Jumper, aquel caballo que decían era el más listo del mundo.
Añade varias cosas al
carro que no figuraban en la lista. Olvidó anotarlas pero son
necesarias. Dobló la esquina y de pronto allí se encontró con él, como cada dos
semanas. Julia no le quitaba ojo. Su corazón palpitaba cada vez más rápido. No
sabía qué hacer. ¿Le estaba sonriendo? A ella le parecía que sí. ¿Y si le
invita a casa? Está sola, tiene todo recogido y tiempo suficiente para preparar
la comida. Seguro que a Michu no le importa. Sí, decidido. Lo hizo. Le invitó.
Sólo espera no sentirse mal después.
Ya en casa. Deja las
bolsas en el suelo de la cocina y se dispone a encender el horno. ¿Cuál será el
menú de hoy Julia? Estaba plena. Se sentía feliz. Por fin se decidió a
invitarle a casa. Qué ganas de verle tranquilamente y sin pensar más que en
disfrutar de él. Solo le vé en el supermercado, sin arreglar.
Cuanto tarda. Había
quedado con él a las 14:30h. Ella ya estaba lista. La mesa preparada. No solía
beber pero compró una botella de vino
para la ocasión. Las 15:00h. Un sonido agudo e intermitente avisa de que Sir
Gallus está listo. Por fin. Los nervios de la espera merecerán la pena cuando
Julia deguste aquel plato con el que soñaba por las noches. A la mierda la
dieta. Tanto sufrimiento y jamás se valorará mi trabajo como se merece. Cuántos piensan
cada día como Julia. Será un secreto entre Michu, Sir Gallus y ella. Nadie de
la Agencia puede enterarse de esto. Será un secreto personal. Qué sería la vida
sin secretos, sin misterios, sin sigilo. Julia intenta autoconvencerse con
ayuda de Ralph Waldo Emerson. “La confianza en sí mismo es el primer secreto
del éxito”. Su éxito de hoy es haber disfrutado de un pollo asado con patatas
panaderas y un vino navarro que le llamó mucho la atención en el colmado donde
compró. Pero Julia no podría vivir en silencio. ¿Por qué ocultarlo? Todo
es compatible, sólo hay que encontrar la fórmula y querer buscarla.
Lo consiguió.
Seguramente volvería a repetir una escena así, pero esta vez con un bistec que
le hace ojitos desde la cámara de la carnicería. No quiere perderse aquellos
pequeños placeres con los que tanto disfruta y que se magnifican por las noches
para recordárselo. Todo el mundo debería aprender a valorar esos detalles. ¿Y tú?
¿A qué huelen tus sueños?
viernes, 28 de marzo de 2014
Emparentada con Uno del 27
Leyendo he descubierto
de dónde viene una frase muy utilizada por mi familia. Unas palabras que al decirlas tienen una
melodía especial y mi familia y amigos cercanos a ella han tomado como tradición a la hora
de pedir que le sirvan vino.
¿Quién le iba a decir a
Fernando de Villalón Daoíz y Halcón cuando escribió el poema Diligencia de Carmona que casi cien años después una familia pacense utilizaría sus versos a diario,
convirtiéndolos en un símbolo distintivo, característico y propio? Y es más,
que lo transmitirían de generación en generación a sus congéneres.
Un poeta sevillano,
ganadero y agricultor. El Poeta Brujo le apodaron. Seguro que ya sabría en
aquel entonces lo que hoy en día ocurriría. Sí. Practicaba la nigromancia, la
alquimia, la teosofía y el espiritismo. “Las
cosas de Fernando” decía Lorca. Eso sin contar que era criador de toros de ojos
verdes. “Verdes como la albahaca” que
completaría Rafael de León con su Ojos Verdes.
Sus últimos años los
pasó arruinado. Gastó gran parte de una herencia que recibió en buscar e
intentar conseguir una ganadería de toros con los ojos verdes (mito de la
Atlántida, conseguir el toro-dios del relato platónico); y otra gran parte la
invirtió en tierras para encontrar el origen de Tartesos, tierras que más tarde
vendería. Relacionar este punto con mi familia es difícil. También hemos tenido ideas descabelladas como él, pero no hemos tenido
toros, sino cerdos, gallinas, cabras y pavos; y tampoco nos hemos visto en la
ruina, gracias a ¿Dios?. Si bien, acabó en Madrid con su esposa, ciudad a la que la mayoría de mis familiares decidió emigrar.
Os dejo el famoso
poema que nos une con este gran poeta y os recomiendo pasar por Maguilla y
decirle al tío Zapa “echa vino, montañés, que lo paga Luis de Vargas”.
Diligencia de
Carmona,
la que por la vega
pasas
caminito de Sevilla
con siete mulas
castañas,
cruza pronto los
palmares,
no hagas alto en
las posadas,
mira que tus
huellas huellan
siete ladrones de
fama.
Diligencia de
Carmona,
la de las mulas
castañas.
Remolino en el
camino,
siete bandoleros
bajan
de los alcores del
Viso
con sus hembras a
las ancas.
Catites, rojos
pañuelos,
patillas de boca de
hacha.
Ellas, navaja en la
liga;
ellos, la faca en
la faja;
ellas, la Arabia en
los ojos;
ellos, el alma a la
espalda.
Por los alcores del
Viso
siete bandoleros
bajan.
Echa vino,
montañés,
que lo paga Luis de
Vargas,
el que a los pobres
socorre
y a los ricos
avasalla.
Ve y dile a los
milicianos
que la posta está
robada
y vamos con
nuestras novias
hacia Écija la
llana.
Echa vino,
montañés,
que lo paga Luis de
Vargas.
martes, 25 de marzo de 2014
¿Han visto alguna vez a un cerdo volar?
Es evidente. No. Los
cerdos no vuelan porque no pueden, y todos lo sabemos. Como también sabemos que
todas las personas tiene un límite de paciencia. Un punto en el que llorarían,
gritarían, se irían, lo dejarían todo e incluso alcanzarían tal grado de rabia
que podrían llegar a matar si no estuviese mal visto.
Experimentar esa rabia
en tus propias carnes te hace ser diferente. ¿Cómo una persona que aparenta
tener tanta paciencia resulta cansarse tan rápido de la gente? Pues es evidente,
los cerdos no vuelan.
Me canso de la gente,
de sus movidas, de sus inquietudes, de sus pensamientos, pero tiene una
explicación. Todos podríamos cansar con nuestras historias, sin embargo
preferimos preguntarnos ¿para qué cansar?, y ser diferentes. A la gente no le
importan mis problemas; mis pensamientos; mis historias; mi vida. Yo no sirvo
agua si no me la piden, ¿y si prefieren beber otra cosa? Claro.
Reflexionar, meditar y
dirigir mi rabia hacia otro lado me hace ser así. Tener conversaciones conmigo. Repetirme una y otra vez que no todos somos iguales. Cada uno tiene sus
necesidades, pero he de decir que a muchos les falta sentirlas para poder ponerse en el lugar de
otro, y eso es un problema. Está bien. Lo admito. No tener paciencia también es un problema. ¿Tengo un problema?
Y ahora, un cerdo vacío.
Pero, ¿cómo una sensación de
vacío al hablar con una persona puede sentirse tanto? Dan ganas de volver la
cara, coger el mando a distancia y pulsar el botón con un cuadro en el centro
para parar aquello. No me gusta la película, no la aguanto. Esto me pasó con
Movie 43 este fin de semana pasado y con una señora que no encontraba a su
marido y su padre en un campo de fútbol. Quizá yo no sea la que tiene el problema entonces.
Resumiendo, si me dan más información de la que debieran y elevamos a "te repites más que el chorizo" tenemos como resultado que María no es tan rara.
Resumiendo, si me dan más información de la que debieran y elevamos a "te repites más que el chorizo" tenemos como resultado que María no es tan rara.
Puedo parecer borde y
engreida escribiendo todo esto, pero no pretendo eso ni mucho menos. Los que me
conocen saben cómo soy, y los que no, hacedlo. Es un gran trabajo. A la salida
te dan un diploma de escucha activa. De hecho, muchos todavía no me conocen
como creen. Soy fácil de tratar, muy agradable, un poco tímida, pero nunca te
cansaré, ese es mi objetivo. No quiero que en una noche me conozcan, no soy de
esas, me gusta ir más despacio y volver a casa con un par de datos más en mi cabeza. ¿Y a ti?
lunes, 3 de febrero de 2014
Objetivo, una multiaventura de décadas.
Lo llevaba notando desde
hace meses. Una sensación rondaba por mi mente. El ritmo cardíaco
había cambiado. El desgaste y la
recuperación necesaria para el normal desarrollo de mi proceso vital habían cambiado. Salir de fiesta ya no era para mí. Qué raro era. No, me equivoqué, me gusta salir igual que antes pero de otra manera. Que contradicción. No sé cómo llegué a ese punto pero es real. Otra inquietud. Ser útil. Necesitaba trabajar. Hoy en día estudiar una carrera
no te asegura un puesto de trabajo, ni tampoco llenaba ese hueco que me gritaba
desde alguna parte pidiéndome de comer.
Ahora toca plantearse pasar
de pantalla.
Mario Bros ha conseguido una
vida más. Se siente fuerte. Su objetivo es derrotar a Bowser, el rey
Koopa, y salvar a la princesa Peach. En el camino encontrará enemigos a los que
derrotar para poder seguir. Los igi, Goomba, Lakitu, Podoboo, Bullet Bill, los cohetes, las plantas pirañas, los blooper o los cheep cheeps son sólo algunos de
los enemigos que harán de piedra en su zapato. Pero Mario lo conseguirá. Le
costará días pero lo conseguirá.
Yo he decidido hacer la mochila ya que poco a poco veo de forma clara cómo los blooper y los igi se
acercan a por mí para ponérmelo difícil. Mi mochila es dura, de
cuero grueso porque portará cosas muy pesadas de las que no podré prescindir.
Grande pero cómoda. En la mesilla de la
habitación una lista de todo aquello que necesitaré en mi viaje. Una tienda de
campaña, un saco de dormir, una linterna y pilas de recambio, utensilios de
cocina y un libro para cocinar especies desconocidas, mecheros para evadirme y otros utensilios que me ayudarán. En la otra cara del papel los
elementos más importantes. Un título en mayúsculas y subrayado lo indica, COSAS IMPORTANTES. Enunciados uno debajo de otro y como si de mandamientos se tratasen pone:
Paciencia, porque no entenderás muchas de las cosas que sucederán; Coraje,
porque aunque no las entiendas tendrás que luchar a favor o en contra de ellas;
Coherencia, no des pasos en el aire porque repercutirán en el futuro;
Confianza, confía en ti, puedes hacerlo; Ilusión, cada ruta es diferente y tú
crearás la tuya, y para terminar, al final de la lista un simpático asterisco da pie a una frase que quedará grabada en mi
mente. Una frase derivada de muchas conversaciones y temores que dice,
no anheles aquello
que ya hiciste, pues eso ya lo conseguiste, de una manera u otra ese objetivo
se cumplió, más si ahora no estás conforme propón un nuevo recuerdo que
implique en tu mente orden, ganas e ilusión. Vida sólo hay una, rellénala a tu gusto como un bizcocho de cumpleaños y no te olvides de poner las velas y querer soplar cada año.
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